Llueve copiosamente en la costa,
destellos avivan el romper de las olas
mas se ahogan los truenos en el murmullo del mar
embravecido o en calma, siempre intimidante.
Me desvanesco ante cada destello
pero las olas me traen de vuelva
a la playa de mi infancia
donde la arena me acurruca.
Veo barcos a lo lejos, mar adentro
algunos sus redes lanzan, cebadas con esperanza
otros se encaminan al puerto a entregar sus preciosas cargas,
se que están ahí en medio de la penumbra.
El mar, cansado de insinuaciones de tempestad
ruge cual león orgulloso, y todos le escuchan
relámpagos, truenos, cobarde tormenta huye
y dejan atrás un rastro de lagrimas ligeras las nubes.
Oh mar imponente!, que subyga a la brisa,
que espanta a la tormenta y oculta la pesca.
Mar imponente que nos alimenta y nos devora
bajo el manto liquido que nos dibuja insignficantes.
Se abre el telón de la mañana, un nuevo día emerge,
entre brumas aparece el sol en el horizonte.
Y el mar, altivo y orgulloso como es, calla,
como niño en presencia del padre.
Sin certeza de lo que ha sucedido,
si es que se ha calmado
o simplemente no se atreve a protestar,
yo observo desde mi ventana.
La mañana se alza majestuosa en medio de la inmensidad
el escenario azul electrico, que torna a gris y dorado
alfombrado con blanca espuma, sazonado con bruma salada.
Danzan las fuerzas de Natura, el observador queda anonadado.

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